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En poques paraules

Bloc personal de Roser Jordà

La mirada científica de los niños

Originalment em van publicar aquest article  a la revista Kireei magazine número 4 (2013)

La mirada científica de los niños

Roser Jordà

En el imprescindible libro El filósofo entre pañales Alison Gopnik explica de qué modo tendemos tradicionalmente a menospreciar a los niños considerándolos “proyectos de adulto”. Usando el mismo símil que la autora, en realidad adultos y niños somos distintos estadios de un mismo ser como lo son orugas y mariposas. En cada momento vital necesitamos de unas aptitudes que la naturaleza se encargó de proporcionarnos: los niños son imaginativos e incansables investigadores, puesto que su cometido es asimilar el conocimiento acumulado por sus ancestros, mientras que los adultos somos  ejecutores eficientes ya que debemos llevar a cabo las tareas prácticas.

La ciencia nos muestra ahora lo evidente: que la infancia es el estadio en el que nos han diseñado para aprender, que, por ello, a los niños les cuesta focalizar su atención en un único tema ya que su mente está abierta a los múltiples estímulos que les rodean, que las (a nuestros ojos) disparatadas invenciones de los niños son el primer paso para los avances de los adultos, que la experimentación es el camino que lleva a los pequeños hasta el conocimiento…

Se dice que las grandes mentes, los sabios e innovadores que modelan la sociedad, son adultos que no han dejado de ver el mundo como los niños. La ciencia lo respalda a día de hoy a partir de estudios, así que no debería sorprendernos que los pequeños se comporten como científicos puesto que es la manera como naturalmente se enfrentan al entorno. Pensemos sino en un bebé que explora por primera vez un objeto: encuentra un problema (un balón de tela) y lo pone a prueba a partir de las herramientas con las que cuente en ese momento (lo lanza, lo aprieta, lo prueba con la boca, lo golpea con otro objeto…)

Sin embargo una cantidad nada despreciable de nuestras escuelas siguen basándose en el modelo que se creó a partir de la idea de que los niños son seres ilógicos que necesitan que se les den conocimientos ya establecidos (por adultos), y que no deben salirse de la senda marcada. Queremos imponerles la mirada de los mayores en lugar de respetar la suya.

Otros centros, en cambio, modernizan sus métodos de enseñanza haciendo que se adapten a las necesidades de los alumnos (no a la inversa). Es el caso de la escuela El Roure Gros de Santa Eulàlia de Riuprimer. El eje vertebrador de su proyecto es la ciencia y los niños construyen su propio aprendizaje mediante la investigación y la experimentación.

En su proyecto educativo: “[El trabajo científico]en realidad existe, en estas edades, manteniendo una actitud frente al mundo que favorezca hacerse preguntas, formularse hipótesis y buscar respuestas”. Para lograr que los alumnos mantengan esta actitud abierta, para que no pierdan su mirada científica innata, crean un clima propicio tanto a nivel espacial (a pesar de las limitaciones del antiguo edificio que ocupan), como relacional y de estructuras de trabajo.

Acogen a alumnos de infantil y primaria (entre 3 y 12 años) y su concepción de la enseñanza es global en diversos sentidos: por un lado no se compartimentan los conocimientos en materias que se dan a horas preestablecidas, por otro lado no se limita la relación de los alumnos únicamente a aquellos de su misma edad.

La vida no está parcelada de modo que ellos permiten que el aprendizaje no lo esté tampoco. A partir de un centro de interés (en infantil los eligen los propios niños mientras que en primaria, algo más constreñida por el currículum oficial, algunos los proponen los maestros) se trabajan todas las áreas que necesiten estudiar. El acercamiento que se hace a cada proyecto es a través del método científico: se plantea un tema, se formulan hipótesis, se experimenta para comprobarlas o refutarlas y finalmente se plasman las conclusiones en un informe. Siempre primando la necesidad infantil de dinamismo y de manipulación directa. Aquí no hay clases magistrales al uso, excepto para temas puntuales, y los niños reparten su tiempo trabajando en los proyectos en pequeños grupos, o bien individualmente para redactar sus informes, moviéndose por los distintos espacios interiores y exteriores según sus necesidades.

Igualmente, en el día a día nos relacionamos con gente de todas las edades así que lo más normal es que en la escuela sea del mismo modo. En infantil se mezcla a los niños de 3 a 5 años distribuyéndolos luego en grupos de trabajo más pequeños. En primaria se mezcla a los niños de cada ciclo (dos cursos) para pasar también a grupos reducidos. Si se embarcan en investigaciones que guardan relación, grandes y pequeños son libres de trabajar juntos.

¿Cuál es el papel del maestro en este engranaje? Tal y como explican desde el equipo directivo de El Roure Gros, si en la Sociedad del Conocimiento este ya no se encuentra solamente en los libros tampoco los maestros son los depositarios del saber. Su papel es el de guía que motiva y que se encarga de plantear dudas a los alumnos para incentivarles en sus pesquisas y obligarles a profundizar. No aportan soluciones mascadas puesto que creen que tienen que ser los pequeños los que construyan su propio aprendizaje a través de la experiencia. Les acompañan inculcándoles autonomía y responsabilidad en el trabajo, les enseñan respeto respetándoles e inciden mucho en la importancia de los errores para que se produzca el avance (equivocarse es fundamental para aprender)…

Funcionando con este sistema de organización desde hace ya años han podido comprobar que, efectivamente, los niños son científicos capaces y que cuando su curiosidad es correctamente atendida sus ansias de conocimiento no dejan de crecer. Adaptándose a su forma de vivir y de ver el mundo consiguen que aprendan por placer y con convencimiento, que piensen por sí mismos en lugar de aceptar como un acto de fe aquello que se les dice desde fuera.

Socialmente valoramos en los adultos la capacidad de innovación, el pensamiento divergente, la independencia de criterio, la creatividad… Debemos tomar conciencia de que para conseguir mantener estas capacidades al crecer es necesario que no las hayamos reprimido durante la infancia. Hay que intentar alentar al pequeño científico que anida dentro de cada niño procurando que mantenga la forma en que mira a su alrededor.

L’amiga Elena Ferro va publicar-lo també al seu fantàstic blog Quadern d’idees
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Refugiats

Aquest text el va publicar l’Elena Ferro al seu blog Quadern d’idees. Us recomano que visiteu l’entrada per a llegir la seva introducció.

La nostra memòria col·lectiva té un recorregut molt curt. El nostre egoisme, en canvi, és de llarga durada.
L’any 1939, al final de la Guerra Civil espanyola, milers de persones van fugir cap a França. La rebuda que els (que ens) van donar els francesos no va ser diferent de la que ara Europa sencera dóna als sirians.
El meu avi patern i d’altres familiars de la mateixa línia en van ser uns. Per si algú ho desconeix, quan les famílies espanyoles (majoritàriament catalanes) posaven els peus a territori francès, on havien arribat fugint de la presó i la mort, no pas per fer el turista, tenien molts números d’acabar internats a l’infaust Camp d’Argelers. N’hi deien de refugiats quan era un camp de concentració més. I això era així mentre França seguia sent plenament sobirana.
El meu avi, com dic, hi va estar i en va tornar trastornat. Molts d’altres no en van tornar.
El germà i el cosí de la meva àvia paterna també van fugir de les tropes franquistes cap a França. El primer havia ocupat un càrrec a la CNT. També per si algú no ho sap, les reunions entre caps nazis i alts càrrecs del govern colpista espanyol varen servir entre d’altres coses per a pactar l’entrega dels refugiats espanyols amb certa significació política a la Gestapo. I aquest va ser el destí d’aquests familiars, amb la diferència que de l’oncle del meu pare (que deixava aquí dona i fill petit) no en vàrem saber res més mentre que el cosí va aconseguir escapar de les tropes alemanyes.
Molts anys més tard, quan la família tenia assumit que era mort però no en sabia les circumstàncies, una cosina, filla del que havia aconseguit fugir, va explicar al meu pare el final del seu oncle. Efectivament, el varen entregar a la Gestapo (era un refugiat, repeteixo) i aquests el van dur en un camp de concentració a Grenoble. Franco, mitjançant el seu cunyat en Serrano Suñer, havia donat plens poders als nazis sobre la vida i la mort d’aquestes persones. Una nit d’hivern, al camp, els alemanys el varen despullar i el varen xopar amb aigua glaçada. El varen deixar a la intempèrie veient com moria congelat.
Les persones són persones sempre. No som “refugiats”, “il·legals”, “africans” o “magrebins” per sobre del nostre nom i la nostra identitat. Quantes famílies han quedat enrere, avui el 2015, i no sabran mai quin va ser el destí dels éssers estimats que van fugir? Fugien de la mort i aquesta els va encalçar a Europa, o bé nosaltres els vàrem fer tornar enrere cap a la gola del llop.
Explico aquesta història perquè estic plenament convençuda que l’oblit és el primer pas cap a la repetició, perquè posar nom i cara a les xifres les humanitza, perquè la història individual té més força simbòlica que la col·lectiva, i perquè desitjo que la propera vegada que ens vingui la temptació de dir allò de “quina barbaritat, no podem assumir aquesta quantitat de refugiats” ens vinguin al cap els nostres de refugiats, que varen ser maltractats a diferents països europeus, que varen ser rebuts amb els braços oberts a països com l’Argentina o Mèxic, i que són la demostració més propera que tenim de que ningú marxa amb el que porta posat i els nens a coll si no és amb risc de la vida perquè el perill que els encalça per l’esquena és més esfereïdor que la incertesa que tenen al davant.
Som l’espècie més depredadora del planeta, però també som capaços de les millors coses. Queda a les nostres mans i a les nostres consciències.

Roser Jordà
Fotografia enllaçada des de la web de National Geographic
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El mal de les dones

No em trobo bé. No em trobo gens bé, realment. Ja no em fa res admetre-ho, potser perquè una cosa bona de creuar la barrera dels quaranta és que algunes pors, complexes i prejudicis se m’han caigut com si jo fos una pomera i ells fruita al punt. Deu ser per això que se’n diu madurar.

Corria el setembre de 2002, pels volts de la Mercè, quan tampoc em trobava bé. Acabava de fer 26 anys tot just un parell de setmanes abans, havia estat treballant al matí a Barcelona i havent dinat vaig agafar el tren cap a casa. Què em feia mal? Tot i res alhora. Feia setmanes, mesos fins i tot, que el cos no em responia com sempre. Vivia cansada, sense esma, i de tant en tant sentia forts dolors al costat esquerre del ventre. Recordo que quan em venia un d’aquests atacs de punxades trucava a la meva mare i li demanava una altra vegada quins eren els símptomes d’una apendicitis: “si et fa mal el costat esquerre, no ho pot ser pas” responia ella, “ves a que et miri el metge”. Manies, pensava jo mateixa, o un flat…

En dues ocasions vaig arribar a anar a urgències on, per descomptat, no em van fer ni cas. No em passava res, em deien sempre, seran gasos. I m’enviaven cap a casa fent-me sentir cada vegada més i més com una desequilibrada.

Al mes de juliol de 2002 es va produir el primer incident brutal. Recordo que érem a casa d’un amic a Barcelona, que jo estava menstruant i que, de sobte, vaig començar a sentir un dolor inqualificable al ventre. Vaig anar al lavabo, m’hi vaig tancar i m’hi vaig estar ben bé vint minuts. Cada vegada em feia més i més mal l’abdomen i el perineu sencer. No sabia què em passava, no suportava estar d’empeus, ni asseguda. En realitat tenia la sensació de no suportar estar, senzillament. Posava la cara tensa contra les rajoles fredes i mirava de pausar la respiració.

La meva parella se n’adonava que alguna cosa no anava bé i venia, pacientment, a picar amb suavitat a la porta per saber com estava i què volia fer. “Res, res, ja se’m passarà”. Em demanava si volia anar al metge i jo li responia que de cap manera, que segur que passats uns minuts em trobaria bé.

I així va ser. Una estona més tard el dolor va remetre lleument i vaig poder sortir del lavabo, ens vàrem acomiada i marxar. Uns quants analgèsics i després va remetre tot. Estava clar que a urgències tenien raó, que no em passava res, que tot eren imaginacions i exageracions meves.

Van transcòrrer dos mesos. Torno al punt d’abans, al setembre del 2002, pels volts de la Mercè. Tornava a casa trobant-me cada vegada pitjor. Una companya de l’empresa a la que treballava, que havia estat infermera, m’havia mirat la pressió en veure que feia mala cara. Estava baixa, com sempre, però no semblava justificar aquella fatiga extrema.

Quan ja era a casa va començar el dolor al costat esquerre, que va anar pujant i pujant d’intensitat fins que fent un volt “per veure si em distrec i se’m passa” vaig sentir que no podia fer ni un pas més. Vàrem fer mitja volta, vam tornar i, quan ja érem a la porta de casa, va venir un dels nostres veïns per ensenyar-nos molt engrescat els cistells de rovellons que havia collit. Intentava escoltar-lo i mirar aquell bé de déu de bolets, però la meva ment començava a navegar pel mar del dolor.

Ens vam acomiadar, vaig pujar les escales amb penes i treballs, vaig voler entrar al lavabo i allà vaig caure a terra sense alè. Se’m fa molt difícil descriure les sensacions que vaig viure allà. Per a que us en feu una idea, us podria dir que es deu assemblar molt a quan et claven un ferro roent al ventre. Que pensava que m’estava esqueixant per dins, ben bé com si la carn s’obrís lentament mirant d’arribar fins a la pell. Que no podia respirar i semblava un barb al que acaben de treure de l’aigua, boquejant per mirar d’esgarrapar unes engrunes d’aire per a que no s’acabi tot en aquell moment.

Vaig demanar un metge? Vaig voler anar a l’hospital? No. Vaig agafar alè tot just per a dir al meu terroritzat marit, agenollat al meu costat amb la cara desencaixada, que “no passa res, ja se’m passarà”.

El vaig convèncer per a que em portés fins a un llit i em deixés descansar. Per sort és una persona assenyada que va decidir trucar un metge d’urgència. Ai, el metge d’urgència! Va venir a contracor, està clar. Considerava que allò no era una urgència, que jo era una dona jove i m’havia de poder aixecar per anar on calgués.

Sentia com parlava amb el meu marit a la sala, com demostrava la desgana que li causava la meva situació, i com finalment va accedir a veure’m. I sí, ho he escrit correctament: no em va visitar, em va veure. Més ben dit, es va limitar a mirar-me des del marc de la porta, amb menyspreu i de cap a peus, a preguntar-me que em passava, a sentir, que no escoltar, el que amb molt d’esforç li vaig mirar d’explicar, i, finalment, a sentenciar amb veu alta i clara “la seva dona el que té és un atac d’histèria”. Tocada i enfonsada.

L’home assenyat amb el que em vaig casar, va estar discutint amb ell fins que va aconseguir que li donés el número d’un servei d’ambulàncies. “Però la responsabilitat de la trucada serà tota seva, ja li dic que a la seva dona no li passa res i que és una despesa inútil”.

Abreugem tota aquesta lamentable història: va venir l’ambulància amb dos àngels de la guarda a dins que em van tractar amb tota la humanitat i cura del món, em van baixar escales avall a pes de braços i em van dur a l’hospital en un temps rècord. Vam entrar a urgències amb ells tots preocupats creient que portaven un cas d’enverinament (a migdia havia dinat pastís de bolets d’un menú, i per més que els vaig dir que eren de restaurant i que segur que eren de cultiu, la paraula bolets a la tardor els va esverar sobremanera). Allà em van remenar per totes bandes per a, finalment, entrar-me a quiròfan sense saber què punyeta trobarien al meu interior.

Hi van trobar les restes d’un quist i d’un ovari que havien esclatat junts. Vaig sortir d’allà amb 26 anys, un ovari menys i un diagnòstic que no havia sentit anomenar a la vida: endometriosi. El mal de les dones. El mal desconegut, silenciat, poc estudiat, sense un tractament massa clar i sense cura.

Gairebé quinze anys més tard, aquest hivern passat, es va repetir la història amb algunes variants. Febre alta, vòmits, dolor abdominal agut… i altra vegada servidora que ja se’m passaria, que no calia fer res. Altra vegada, també, el meu marit (reforçat per la meva mare i el meu germà) trucant a urgències. I un nou descobriment: vaig sortir de quirofan conservant l’ovari, perquè els quists no només esclaten sinó que es poden infectar fins a causar una peritonitis. N’hi ha tres ara mateix al meu solitari ovari dret, però hem decidit que resistirem plegats.

Entre un i altre episodi hi ha hagut una mica de tot. Visites als ginecòlegs que bé miraven de dissimular, bé admetien directament que no sabien què fer. M’explicaven que la malaltia no es coneixia gaire, que en realitat qualsevol malestar que tingués podria ser normal, que tampoc podien donar-me tractament. Em van receptar anticonceptius hormonals a tongades, em deien que prengués analgèsics pel dolor si creia que em calien, em pautaven ferro cada vegada que les regles excessivament abundants i doloroses donaven pas a l’anèmia…

He tingut molta sort, realment. L’endometriosi sovint causa esterilitat i jo he tingut dos embarassos a terme, sense dificultat, que han resultat en dos fills sans. Durant catorze anys no he viscut més episodis de quists o explosions de dolor. Però quan ho miro fredament me n’adono que el que he fet en realitat ha estat normalitzar el dolor.

Em trobo malament, us deia. M’he trobat malament d’una manera o una altra durant tots aquests anys. De vegades per les punxades de les adherències que m’han deixat les cirurgies, d’altres per les molèsties durant l’ovulació, pel malestar de la regla, pels sagnats inacabables, pel cansament que provoca l’anèmia, per la manca d’energia que em causa la lluita constant del meu cos contra els quists invasors…

Però el pitjor de tot no és cap dels inconvenients físics. M’he sentit inútil, fluixa, queixosa. He vist com tractaven a companyes i amigues, malaltes d’endometriosi, de gandules per faltar a la feina pel dolor menstrual. He llegit fa poc les burles a la notícia de que Itàlia preveu dos dies de festa laboral mensual per a les afectades d’aquesta malaltia.

Anem malament. Anem molt malament quan allò que ens afecta a les dones continua sent un tabú o, pitjor encara, objecte de burla. Quan hem de fer veure que som invulnerables, quan demanem al cirurgià, com si fos una broma, que ens cusi una cremallera a l’abdomen per anar més ràpid la propera vegada que ens operin i així no haver de deixar les obligacions aparcades.

Doncs bé, avui tinc ganes de reivindicar-me una mica: NO EM TROBO BÉ. I tant se me’n fum que en algunes persones els molesti llegir-ho perquè “cal ser sempre positiu”, o que d’altres no em prenguin seriosament perquè “total, d’això no et moriràs”, com si viure amb malestar constant i desitjant que algun dels canvis de medicació funcioni fos qualsevol cosa.

No puc parar la meva vida. No puc deixar de fer el que em pertoca, ni passar de les obligacions. Condueixo, vaig cap aquí i cap allà, faig i desfaig, em prenc un analgèsic quan crec que la intensitat del mal m’ho posa especialment difícil, i el dia que no dono més de mi, si puc, baixo el ritme i deixo que el món segueixi girant per la seva banda. Però, sobretot, sobretot, miro d’aprendre a deixar de sentir-me com si fos “una fluixa” perquè ho hagin pogut pensar i dir persones que mai s’han esqueixat per dins de viu en viu.

Probablement aquest és l’altre avantatge de portar un quatre al davant de l’edat, el començament de la reconciliació amb una mateixa i d’aprendre a ser menys inflexible i una mica més indulgent amb les circumstàncies que m’han tocat. Anirem fent.

 

Durant els quinze dies que vaig estar hospitalitzada aquest mes de febrer, sovint m’imaginava que era dins del mar. Sobretot a les nits interminables d’insomni. Al mes d’abril vaig poder banyar-me a la platja, finalment, amb els meus fills. La vida són aquestes petites victòries i els plaers més senzills. Quan la teva vida s’atura o creus que se t’escapa, no trobes a faltar una joia o roba de marca. A la foto, els meus peus no només fora del llit de l’hospital sinó dins del mar a Cambrils.

 

El Bismarck que no era canciller

La tarta preferida de mi madre es la Bismarck. Para quien no sea de Barcelona, debo aclarar que se trata de una masa alargada de brioche rellena de nata. Es un dulce bastante simple en comparación con las churriguerescas obras de fondant que se estilan hoy en día.

Que prefiera algo tan sencillo frente a la ingente oferta de las pastelerías se debe a un tema de memoria y nostalgia. Mi madre nació durante la segunda república y luego se tragó entera la guerra y sus consecuencias posteriores. En tiempos de la posguerra, viviendo en el centro de la castigada Barcelona, pasó hambre como tantos otros niños contemporáneos. Me cuenta siempre que mi abuela les mandaba a recoger algarrobas para alimentar a los conejos que criaban como complemento a la dieta, y mi tío y ella daban buena cuenta de parte de ellas antes de llegar a casa. “Teníamos tanta hambre…”

En ocasiones señaladas mi abuelo podía darles una moneda para que compraran un brioche para cada uno y un poco de nata, de forma que pergeñaban sus modestos Bismark caseros. El recuerdo de aquel manjar esporádico perdura en su memoria gustativa más de setenta años después.

Además de una madre longeva y con una gran memoria, la vida me obsequió con un suegro estupendo, una persona inolvidable, que nació en el año 1920 en un pequeño pueblo de la provincia de Huesca. Ahora me arrepiento de no haber conversado más con él cuando tuve ocasión, pero a pesar de mi descuido sí que conseguí que me contara detalles de cómo era la vida para una familia campesina bien situada (no eran pobres en absoluto) en la década de 1930. Y no, no desayunaban ni merendaban a diario dulces. La base de la dieta eran las legumbres, los cereales, las verduras, los frutos secos… más vegetales , como dirían Julio Basulto y Juanjo Cáceres. La carne era un complemento escaso. Recuerdo que en una ocasión le pregunté en qué consistía la cena de Nochebuena, pensando que me diría que comían el famoso ternasco de Aragón, y me sorprendió la revelación de que la gran delicia navideña era pollo. “Es que no te creas que comíamos pollo a menudo”.

Había dulces también, por supuesto, como el pastillo de calabaza, que se consumían de vez en cuando con moderación. Tal vez la anécdota más ilustrativa de las que me contó el abuelo de mis hijos, fue la de cuando su madre le pilló comiendo a cucharadas del azucarero. “Menudo disgusto se llevó porque el azúcar no se podía comprar con la facilidad de ahora”. Si los niños descubrían el escondite del azúcar y lo saqueaban, creaban un contratiempo a los adultos. ¿Por qué, porque no podrían preparar magdalenas o galletas? No, porque no podrían usar el azúcar en su función original de conservante.

Toda esta introducción viene a cuento, precisamente, de lo desmemoriados que somos. No hago más que leer y escuchar aquello de “toda la vida se ha comido (insértese aquí lo que queramos justificar) y no pasaba nada”. Olvidamos que “toda la vida” es un periodo muy corto, que alcanza como mucho a nuestra propia vida o, a lo sumo, a los recuerdos de la generación anterior. Olvidamos también que los últimos 90 años corresponden a una anomalía histórica por la que nunca antes pasó nuestra especie, y que el sistema de producción industrial también ha dado de lleno a la producción y distribución de alimentos. Nunca antes hubo tanta comida al alcance de (parte de) la población (occidental), ni frutos estacionales presentes todo el año, ni alimentos tan sumamente hipercalóricos y diseñados para enganchar como otra droga cualquiera.

Con la alarma por el aceite de palma veo a muchas personas preocupadas realmente por encontrar alimentos procesados que no lo contengan y que puedan suplir a los que están acostumbrados a tomar a diario. Y sí, es cierto que “toda la vida” se habían tomado galletas/bizcochos, pero no lo es menos que se trataba de productos de fiesta con un consumo ocasional. Poco a poco, de una manera tan lenta que nos ha pasado prácticamente inadvertida, hemos convertido en nuestra alimentación cotidiana lo que antes eran banquetes para días de fiesta.

Debemos tener en cuenta que aunque demos con una marca de bollos que no lleven el tipo de grasa que consideremos perjudicial, no dejará de ser un dulce con un 15/20/25 % de azúcar. Y si se trata de aperitivos, por más que se hayan frito en aceite de girasol no dejarán de ser absurdamente grasos y salados.

En este artículo de Público hay una buena frase de Blanca Ruibal al respecto:

 

“La coincidencia entre los productos malos para el medio ambiente y los malos para la salud es impresionante, y no es casualidad. Igual nos estamos equivocando con la alarma sobre el aceite de palma. Sería más útil mirar a la alimentación de forma más global, porque estamos enmarcados en un sistema que si no cambia no vamos a combatir nada”

Nuestro mundo difícilmente aguantará el tipo de dieta que se fomenta en occidente. El consumo desaforado en el que nos encontramos inmersos lógicamente alcanza también a la alimentación, de manera que comemos mucho más (y mucho menos recomendable) de lo que deberíamos. En nuestra mente moderna el término “consumo ocasional” ha perdido su significado original, de forma que cuando nos lo dicen aplicado a la bollería creemos que tomar galletas en los desayunos es “consumirlas ocasionalmente”.

Es cierto que el ritmo de vida vertiginoso que llevamos, con una pequeña ayudita de la maquinaria del marqueting de la industria alimentaria, nos empuja a tirar de procesados, pero o empezamos a nadar contracorriente o no habrá solución para el paladar y los hábitos de las nuevas generaciones.

Dues de set

Fa cinc mesos que tinc quaranta anys o, si ho preferiu, fa vint anys i cinc mesos que tinc vint anys, que diria en Serrat. En aquest any dels meus quaranta acabo de patir la quarta intervenció quirúrgica abdominal.

L’11 de febrer, fa deu dies, vaig ingressar d’urgència, de matinada, a l’Hospital Clínic de Barcelona trobant-me més enllà que aquí, febril i emmig  de dolors intensos causats per una infecció que m’omplia, sense saber-ho encara, el ventre de pus.

Crec que tinc l’obligació d’escriure quatre ratlles sobre la meva experiència. Primer de tot, i en el pla purament personal, em trobo que ja he esgotat dues de les set vides que estic convençuda que tenim, per simpatia, els amants dels gats. Quinze anys enrere ja vaig fer una entrada triomfal a l’Hospital General de Vic a causa d’un quist que va fer esclatar un dels meus ovaris. Deu ser per la vena teatral heretada del meu besavi matern, que no sé emmalaltir de mica en mica i de manera ordenada; jo em rebento per dins com aquell qui res, jurant mentre exhalo l’últim alè que estic bé i que ja se’m passarà, fins que l’home assenyat amb qui vaig tenir la sort d’emparellar-me truca una ambulància.

Així, doncs, podem dir que estic familiaritzada amb el dolor físic intens que et pot annegar d’un moment a un altre, anul·lant els teus sentits i la resta d’elements de la teva vida. Deixeu-me que us digui que he descobert, per més que soni a tòpic, que la vida és fràgil, molt fràgil, i no la valorem ni assaborim com cal. Perquè en aquest costat amable i una mica beneitó del món en el que ens ha tocat viure, oblidem sovint aquells aspectes de la vida que es diuen dolor i mort. No cal recrear-s’hi, és clar, però fer com si no tinguessin res a veure amb nosaltres no ens ajudarà tampoc en res. Estan aquí, al nostre costat, i en un moment o altre decidiran que ha arribat la nostra tanda; val més que ho assumim.

Sobre el dolor i la mort, però també sobre l’alegria i la bondat, en saben molt les persones que m’envolten aquests dies: metges, infermeres i els sanitaris en bloc. Deixeu-me fer un panegíric a favor de la nostra sanitat pública que, no ho oblidem, manté uns alts nivells de qualitat principalment gràcies a la vocació i la humanitat d’aquests professionals. M’he pogut permetre el luxe d’ingressar morta de dolor a l’hospital i trobar-hi una colla de cuidadors amables i preocupats, que vetllen per a que l’estada en un indret a priori tan desangelat i trist sigui suportable. I és un luxe no només perquè milers de milions de persones moren per manca d’accés als serveis sanitaris als països econòmicament més deprimits, sinó que a la majoria dels anomenats països rics existeixen també els ciutadans de primera amb recursos per pagar assegurances privades, i els de segona, pobres o no tan benestants, que poden caure morts davant de la impassibilitat dels seus governs.

Hi ha professionals de la medicina que tenen un tracte desagradable amb els seus pacients? Sí, per descomptat, igual que hi ha gent de tota mena a tot arreu. Però la meva experiència és que hi ha una aclaparadora majoria de persones bones i de tracte amistós al sector sanitari.

Senzillament: moltíssimes gràcies, treballadors de l’Hospital Clínic i de l’Institut Català de la Salut en general.

 

Vaig fer aquesta fotografia d’un dels passadissos de l’Hospital Clínic en una de les caminades que hi estic fent aquests dies. Una altra meravella d’aquest centre és la bellesa del seu edifici, que permet deambular pel clàustre o per sota dels arcs de les diferents estances.

 

Lobos pastores en la Generalitat

Aquest text el va publicar originalment al seu blog en Julio Basulto

Existe en nuestro imaginario colectivo una idea errónea sobre la lactancia que acompaña de la mano a muchos sentimientos de culpa y de fracaso. Se trata del famoso “dar el pecho es fácil y natural”. Entiéndanme: no estoy diciendo que sea algo harto complicado y para lo que necesitemos un máster del MIT, de hecho miles de millones de humanos y homínidos antes que nosotros han amamantado con éxito a sus hijos. Pero es importante saber que en nuestra especie, junto con el resto de primates y algunos cetáceos, la lactancia no es el mismo acto instintivo que para los mamíferos en general. Quien ha tenido trato con animales de granja, o con gatas y perras que acaban de parir, ha visto como las crías nada más salir del vientre saben prenderse del pecho y como las madres saben también exactamente lo que se espera de ellas.

Sin embargo a las mujeres no nos basta con el comportamiento instintivo para sacar adelante a nuestros bebés. Somos una especie social y en la que la cultura juega un papel fundamental, por lo que en el ámbito de la crianza no iba a ser distinto. Sirva de ejemplo la famosa anécdota de la gorila criada en cautividad en el Zoo de Ohio que dejó morir a su primera cría por no saber qué hacer con ella al carecer de referentes; cuando volvió a quedar encinta los cuidadores contactaron con voluntarias de La Leche League que estuvieron amamantando a sus hijos frente al hábitat de la gorila durante semanas, hasta que esta parió y aprendió a ponerse al pecho al pequeño.

Con esta introducción quería explicar uno de los aspectos por los cuales fuera de una sociedad tribal nos sentimos perdidos y faltos de referentes en la crianza. Y quería hacerlo para tratar de un tema que me parece cuanto menos preocupante: estamos dejando que la industria ocupe el lugar de estos referentes.

Los grupos de apoyo (precisamente la antes mencionada Liga de la Leche) nacieron en los años cincuenta del siglo veinte para intentar recuperar la transmisión de la cultura de la lactancia de mujer a mujer. Se preguntarán por qué uso la palabra “recuperar” y no es por otra cosa que porque la perdimos durante ese siglo. Después de millones de años amamantando con normalidad, en unas pocas décadas la industria nos impuso la cultura del biberón apoyándose en agresivas campañas de publicidad (algunas dirigidas directamente a la autoestima de las madres haciéndolas creer que no eran capaces de alimentar correctamente a sus hijos por sí mismas, otras al personal  sanitario para convencerles de que su producto era superior a la leche de la propia especie).

Con el paso de los años y la aparición del Código Internacional de Comercialización de Sucedáneos de la Leche Materna de la OMS y Unicef (que distintos países, entre ellos el nuestro, incorporaron total o parcialmente a su legislación) la mayoría de prácticas poco éticas pasaron a ser ilegales. ¿Significa eso que la situación se está revirtiendo y que se acabaron las prácticas comerciales agresivas? No, o no en todos los casos, por desgracia http://www.europapress.es/internacional/noticia-sancionados-13-medicos-enfermeras-recibir-sobornos-danone-recomendar-leche-polvo-infantil-20131014161420.html. Pueden pensar que este último ejemplo se ha dado en la lejana Asia, que aquí las cosas son distintas y el comportamiento de las autoridades sanitarias y las marcas es impecable. Y no, mal que nos pese aquí también tenemos comportamientos éticamente muy cuestionables como la publicación por parte del Departament de Benestar Social i Família de la Generalitat de Catalunya de la guía “Un infant: quina il·lusió!” en colaboración con un grupo de (agárrense) ¡14 fabricantes de productos relacionados con la puericultura y la infancia! de entre los cuales 5 son empresas de alimentación.

Se trata de un librito que desde hace unos años se envía a las casas en las que recientemente ha aumentado la familia. Viene respaldada por un diseño cuidado y las preciosas ilustraciones de una famosa dibujante. La primera parte es un compendio de consejos bastante obvios para los padres primerizos, mientras que la parte final la han cedido por completo a las marcas, de modo que sobre el desayuno escribe un fabricante de azúcar chocolateado para la leche (Cola-cao) y sobre lactancia uno de leches artificiales (Blemil). No hay bibliografía, ni una sola referencia contrastada a recomendaciones de sociedades científicas.

Por si con esta guía no tuviéramos suficiente, al cabo del tiempo el mismo Departament de Benestar Social i Família de la Generalitat publicó la continuación bajo el título “Un infant que creix”. Siguiendo la misma estructura que la anterior, en este caso son 12 las empresas de ámbitos de lo más diverso que intentan influir en las familias catalanas con hijos a partir de 3 años. De hecho, la publicación se distribuye en muchas escuelas infantiles.

Si releen el título de este artículo ya se pueden hacer a la idea de mi opinión sobre la actuación de las autoridades que han entregado a la industria una herramienta publicitaria con implantación en todos los hogares con niños de Cataluña. (Si les interesa una opinión más fundamentada que la mía, aquí pueden leer el artículo que le dedicaron desde la asociación Mammalia).

¿Y la actuación de las empresas? Pues han hecho lo que se espera de ellas: promocionar su producto. En lo referente al tema que más conozco, la lactancia, puedo apreciar que no aparece más que de pasada la imagen de una madre amamantando mientras que hay biberones en muchas otras, lo que convierte en excepcional el comportamiento normal y en norma la excepcionalidad. Las recomendaciones sobre la duración de la lactancia y el inicio de la alimentación complementaria varían de un fabricante a otro (obvio) y en ningún caso coinciden con las oficiales de la OMS o del Comité de Lactancia de la Asociación Española de Pediatría ni con la evidencia científica. Podría afirmar que sin decir ninguna mentira flagrante tampoco se cuenta la verdad, de modo que se crea todavía más desinformación lo que lleva a la confusión de madres y padres primerizos que, recuerden, necesitan de unos referentes a los que nuestro modo de vida actual les dificulta el acceso.

¿Acaso nos parecería lógica la publicación por parte del gobierno de una hipotética “Guía para afrontar la pérdida de un ser querido” patrocinada y redactada por los laboratorios fabricantes de fármacos antidepresivos? Pues todavía con más razón no debiera parecérnoslo que la administración permita que sean los fabricantes de dulces los que nos expliquen cómo proporcionar una merienda saludable para nuestros hijos.

Si en su momento me parecía grave que una famosa empresa de supermercados regalase una “canastilla” llena de productos promocionales y publicidad a la mayoría de los recién nacidos, mucho más me lo parece cuando es la propia administración la que pone a los lobos a pastorear. Tomemos conciencia y exijamos una actuación impecable y ajustada a la evidencia científica y al bienestar comunitario por parte de las autoridades, tal y como ha hecho en otras ocasiones el Departament de Salut de la misma Generalitat de Catalunya. Como no es de recibo denunciar sólo las actuaciones poco ortodoxas, cierro el artículo, precisamente, con los enlaces a dos publicaciones de l’Agència de Salut Pública, coordinadas por las nutricionistas Gemma Salvador y Maria Manera, que sí que merecen un aplauso unánime por su contribución a la promoción de la salud poblacional:

Roser Jordà

Imatge de l’interior de la guia “Un infant que creix”

“A mí me obligaban, por eso estoy bien y ahora como de todo” y otros cuentos de miedo

Aquest text el va publicar originalment al seu blog en Julio Basulto

Si alguien tuviera un día la genial idea de organizar una competición de necedades (también llamadas cuñadismos) que la gente suelta como reacción a las recomendaciones de salud, la del título de este escrito se disputaría a brazo partido el primer puesto con “pues mi tío el de Almendralejo fumaba un paquete diario y vivió hasta los 95”.

Tal vez “necedad” parezca un calificativo muy fuerte para que me refiera a este tipo de perlas pero no puedo por más que reafirmarme en su uso ya que sólo un necio se atrevería a contradecir lo que recomiendan los expertos y los organismos oficiales. Cambiemos necedades por tonterías, ¿acaso no hay que ser tonto para, sin ninguna formación o evidencia científica a favor, llevar la contraria al plantel de nutricionistas y demás sanitarios que elaboraron la guía Acompañar las comidas de los niños y que nos recuerdan una y otra vez que no hay que forzar a comer jamás a nadie? ¿Y qué decir de empecinarse con que unos pitillos no pueden ser para tanto, en contra del criterio de la Organización Mundial de la Salud (OMS) y su estrategia mundial “Iniciativa librarse del tabaco”?

Pero nuestro mundo es así y vivimos rodeados de kamikazes de la falta de criterio y de las experiencias personales que olvidan que estas no sirven cuando hablamos de salud pública. Cualquier profano cree que su opinión de barra de bar es tan válida como la de la doctora Margaret Chan (directora general de la OMS) o la de Ramón y Cajal si hace falta. Tomemos como ejemplo el otro gran clásico de nuestros tiempos, ese que se vomita sobre las recomendaciones de la Dirección General de Tráfico y las cifras de mortalidad infantil en carretera: en mi época no llevábamos cinturón ni sillita y aquí estamos. Sí, ese mismo que obvia que la que escribe y el que suelta el tópico están aquí vivos y coleando pero que no cuantifica a todos los que no lo contaron (recomiendo la ilustrativa charla TEDx “El pasado sigue siendo una mierda”, de Antonio Cantó (blog “La pizarra de Yuri”).

Pasemos al asunto que he obviado deliberadamente en el párrafo anterior y que no es otro que la falsedad de la afirmación del título. De entrada, quien dice que le obligaron a comer y que está bien miente consciente o inconscientemente. Hay por lo menos dos secuelas que saltan a la vista y desmienten ese “estoy bien”: la primera es la normalización de la coacción dentro de las relaciones afectivas y la segunda un claro Síndrome de Estocolmo. Porque nos han hecho creer que todos los padres quieren y hacen lo mejor para sus hijos, así que no podemos concebir que lo que nos hicieron no sea lo correcto. Y, por desgracia, ni todos los padres quieren lo mejor para sus hijos (aunque por el bien de la supervivencia de la especie los nocivos son minoría, existen y ejercen) ni todos saben hacer lo mejor por ellos (sobre todo cuando el entorno intoxica en lugar de proveer información adecuada y apoyo).

La última falacia de la afirmación que encabeza esta entrada es esa sugerencia de que comer “de todo” es algo positivo. Deberíamos poder afirmar con orgullo que nuestros hijos no comen de todo sino que comen lo que les da la gana. Aunque es una lástima porque la frase anterior es mucho más contundente, para no faltar a la verdad hay que añadir “de entre una oferta de alimentos saludables y excluyendo los dañinos”. Deberían comer lo que quieren porque para merendar deberíamos procurar que tuvieran distintas frutas, frutos secos o un bocadillo de tortilla (por decir algo) entre los que elegir. Como adultos debemos preocuparnos de lo que hay en nuestra alacena y de que la elección no sea entre manzana o galletas de chocolate.

El “no comer de todo” en este sobrealimentado lado nuestro del mundo, en que debemos temer a la epidemia de obesidad que crece sin freno y no a las hambrunas, es casi una especie de mecanismo de defensa. Aunque los tengamos a nuestro alcance debemos aprender a no comer muchos productos de los que la industria alimentaria pone a nuestra disposición.

Tampoco estaría mal que de una vez por todas entendiéramos que no tienen por qué gustarte todos los alimentos de un mismo grupo y que no todos los grupos de alimentos son imprescindibles.

Por otro lado, el intentar imponerse, buscar la obediencia, ordenar y obligar- en esta sociedad tristemente violenta- son mucho más sencillos que educar. Sólo hay que ver lo poco que cuesta declarar una guerra y lo trabajoso que es lograr que unas conversaciones de paz lleguen a buen término. Para educar es necesario trabajar primero sobre nosotros mismos, buscar estrategias (no ir a comprar con niños, pactar, etc.), que no entren alimentos malsanos en casa y dejar de comerlos también nosotros. Para lo otro basta con pegar un puñetazo sobre la mesa.

A menudo se invoca al “respeto” que supuestamente se debe a los adultos. ¿Por qué lo llaman respeto cuando quieren decir obediencia? Imponer a otros seres humanos nuestra voluntad anulando la suya y quitándoles el control sobre sus propias funciones corporales, además de humillante, es de lo más profundamente irrespetuoso que se me puede pasar por la cabeza. El auténtico respeto es un camino de doble dirección, de padres a hijos y de hijos a padres, y no puede pasar por la imposición, la fuerza y el temor. Pocas mentiras más grandes que el “quién bien te quiere te hará llorar” sufrimos a nivel colectivo. Quién te quiere bien enjuagará tus lágrimas, te guiará con amor, te enseñará a respetarte a ti mismo y te ayudará a formarte un criterio propio, no intentará doblegarte a placer.

Nuestra responsabilidad real como padres, pues, es educar también nutricionalmente. Y educar, a pesar de lo que algunos siguen empeñados en intentar mantener, es incompatible con cualquier forma de violencia. El gran Julio desgranó en el artículo “No quiero que obliguen a mi hijo a comer en la escuela, ¿qué puedo hacer?” los riesgos que implica el obligar a comer a los niños. A saber: mayor riesgo de padecer sobrepeso u obesidad, mayor riesgo de padecer trastornos alimentarios, mayor riesgo de rechazo de ciertos alimentos… ¿Queremos jugar a la ruleta rusa alimentaria con nuestros propios hijos? Yo, por mi parte, de ninguna forma.

Roser Jordà

Fotografia gratuïta de Pixabay

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