Quizá porque mi niñez sigue jugando en tu playa

Esta historia es antigua. No me refiero únicamente a que tiene cerca de cuatro años sino a que es una maldita piedra con la que la humanidad tropieza una y cien veces. En 2015 la forense italiana Cristina Cattaneo tuvo que realizar la autopsia a otro cuerpo vomitado por el mar. Se trataba de un chaval de unos catorce años, posiblemente de Mali, que se ahogó en la misma fecha en la que lo hicieron otras setecientas y pico personas que trataban de llegar a la costa europea. Antes de continuar permitid que me recree en la cifra: cerca de ochocientas almas ahogadas en un solo naufragio. En una única noche.

En su libro Naufraghi senza volto la doctora Cattaneo narra su sorpresa al hallar un boletín escolar de calificaciones cosido en el forro interior de la chaqueta del niño. Como si la pobre criatura creyera que se trataba de un salvoconducto, una prueba de su interés por convertirse en un ciudadano europeo de provecho.

Pienso en el muchacho, que murió prácticamente con la misma edad con la que vive ahora mi hijo mayor, preparando el viaje con una mezcla de terror e ilusión. Tal vez no fue él mismo quién cosió las notas, probablemente fue alguien que le quiere – conjugado siempre en presente  porque a los niños que mueren no se les quiso sino que se les quiere hoy tanto como cuando vivían. Alguna de esas personas que en un rincón de África siguen esperando noticias de su hijo/nieto/sobrino/vecino/amigo. Tal vez una voz interior les sugiera que algo terrible le pudo pasar. Pero siendo como somos unos seres aferrados a la esperanza, posiblemente estén pensando que el muchacho llegó, prosperó y les olvidó. Es mucho menos lacerante creer que el niño al que amas te borró de su mente en el camino hacia el adulto, distraído labrándose un futuro de éxitos, que tener la certeza de que los europeos, ensimismados con su propio ombligo, permitieron que se ahogara de noche en un mar inmisericorde.

Ese mismo mar, esas mismas playas en las que jugábamos de niños y en las que ahora me baño con mis hijos, son un cadalso para miles de personas cada año. Mientras cientos de chiquillos corretean, nadan y levantan castillos de arena, otros cientos se hunden para siempre en las aguas del Mediterráneo.

El chico de las notas cosidas en la chaqueta nos llama la atención porque arroja luz sobre nuestro rostro más pútrido. Se convierte en el retrato de los Dorian Gray autocomplacientes que somos. La lozana imagen de los “defensores de los derechos humanos en el mundo” se ve de pronto contrastada a la fuerza con la corrupción de la de los opulentos seres humanos que desprecian cualquier vida que no sea occidental, blanca, europea… A Europa no le importa un comino que el talento se ahogue en sus costas porque no le interesa si viene de más allá de sus fronteras. Estamos demostrando ser los herederos morales de Narciso y no del heroico Heracles.

Esta historia ha vuelto hoy a mi cabeza porque después de más de cien días con el barco amarrado a la fuerza en el puerto de Barcelona, el gobierno de España permite que el Open Arms zarpe hacia Grecia. Sin embargo, siguen sin revocarle la prohibición de realizar rescates en alta mar. Únicamente pueden transportar ayuda humanitaria.

Hablando claro: no solamente los gobiernos de Europa no han organizado unas vías seguras de llegada de refugiados, ni un cuerpo de rescate marítimo no represivo, sino que sabotean a las organizaciones de rescate que intentan minimizar las pérdidas humanas.

Este año se han cumplido ochenta del fin de la guerra civil española y de la gran ola de refugiados que huyó de la muerte. Y podemos constatar que no solo no hemos avanzado en materia de derechos humanos (humanidad, al fin) sino que vamos retrocediendo a una velocidad mareante. No somos capaces de identificarnos con el sufrimiento de nuestros iguales. Ni siquiera de considerarlos iguales. Nos dejamos intoxicar por las mentiras de la misma ultraderecha causante de las mayores miserias del siglo XX. Dentro de unas semanas vamos a vivir distintos comicios en los que ya veremos qué clase de resultado obtenemos. Debemos despertar del ensimismamiento. Y debemos hacerlo pronto.

 

makkox-mali-peces

Ilustración del artista italiano MAKKOX para Il Foglio

 

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